En estos últimos meses y sobre todo durante nuestro último partido frente a la UD Las Palmas, se pudo ver que la relación entre los jugadores y la afición está más que rota.
Todos somos conscientes de la nefasta temporada que está haciendo nuestro equipo, y el desprecio de una gran parte del deportivismo se dirige hacia Lucas, al que se le recrimina constantemente su bajo rendimiento y su falta de gol, pasando de héroe a villano debido a una situación de la que él no es únicamente responsable.
Nos quejamos de que a nuestros jugadores les faltan ganas, entrega y amor por el escudo, y cuando tenemos a un deportivista de corazón defendiendo los colores de nuestro equipo solamente llueven críticas, burlas y poca gratitud hacia ese jugador.
Nos dejamos llevar por la ilusión y por falsas promesas y acabamos en la más pura desesperación al ver totalmente hundido a un equipo que parecía que iba a dejar a un lado la lucha por la salvación de estas últimas temporadas e iba, por fin, a aspirar a mucho más.

Duele ver Riazor convertido en un circo, donde los cánticos de ánimo inagotables han sido sustituidos por monumentales pitadas y un mar de críticas e insultos.

Con tan solo ver a Lucas sobre el terreno de juego, se intuye un jugador sobrepasado, luchando sin recompensa y con mirada triste y desesperada, al ver que el gran jugador que conocimos en su primera etapa como blanquiazul ha quedado muy atrás. Se podría decir que Lucas es el fiel reflejo de la situación del equipo.
Si en su momento las lágrimas de Valerón nos emocionaron a todos, hoy por hoy, la tristeza e impotencia de Lucas deberían hacernos pensar durante un momento que él está más cerca de todos nosotros de lo que creemos, en sentimiento y sufrimiento, porque aunque muchos lo hayáis olvidado, Lucas es un deportivista más, es uno de los nuestros.